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3月15日

Cosas de la cultura

Soy una gran entusiasta de los museos como forma de echar el rato. También lo soy de los bares pero reconozco que los museos son más baratos y menos perjudiciales para el hígado a la larga. Así que cuando puedo, me voy de museos. Y generalmente, lo hago cuando ya estoy harta de estar en bares.
Antes me daba mucho por los artísticos, por eso de que queda muy culto frecuentarlos y porque hace como mil años estudié un poco de Historia del Arte y me gustaba bastante. Pero el tiempo y la experiencia me han enseñado que son, con diferencia, los más aburridos y dónde menos aprendes. Para empezar, la idea no resulta nada original y todos son lo mismo. Sólo cambia el tamaño y, en algún caso, el arquitecto, que acaba logrando que el continente sea más interesante que el contenido. Pero, por dentro, todos son salas y salas con la calefacción demasiado alta y cuadros colgados y una plaquita al lado con una información tan escueta que parece que se la hayan sacado con sacacorchos. Título, nombre del autor, fecha. Y punto. Si quieres averiguar por qué un cuadro es la hostia, cómprate la guía del museo (que nunca es barata, por cierto) y pasa más tiempo leyendo que mirando la dichosa pintura. En caso que consigas verla, claro, porque la grandeza de un cuadro es directamente proporcional al número de personas con las que tienes que darte codazos para verlo. Yo me he apiñado delante de Las Meninas, El nacimiento de Venus, Los girasoles (uno de los muchos Girasoles, vaya), La ronda de noche, el Guernica y la Venus del Espejo y, por mucho que me gustaran o tratara de aplicar lo que me explicaron en clase, me fui del museo sabiendo exactamente lo mismo acerca de la pintura y preguntándome cuánta gente habría ahi plantada pensando "¿cuánto tiempo tengo que pasar mirando esto para que parezca que lo he comprendido?". Es un cuadro, joder, no la fórmula de la relatividad. Para colmo, acabas tan saturada que ya te da igual ocho que ochenta. La primera vez que fui al Prado me chupé seguidas nosecuántas salas plagadas de los retratos de los Austrias y lo único que saqué en limpio de la experiencia es que la endogamia es algo muy chungo: todos eran exactamente iguales con la salvedad de que en cada cuadro la expresión de alelamiento era un poco más acentuada que en el anterior.
Así que últimamente le estoy pillando el gusto a cualquier museo que no tenga nada que ver con el arte. Para emperzar hay museos de prácticamente cualquier cosa y eso ya en sí me resulta fascinante: es la manía del coleccionismo llevada al extremo y con taquilla. Además, mientras que en los museos artísticos la única preocupación de los organizadores ha sido, - al menos en apariencia- que lo cuadros queden rectos al colgarlos, en lo demás hay casos de auténtico curro a la hora de montar la exposición para captar tu interés y, de paso, meterte alguna idea en la cabeza, aunque sea acerca del íncreible mundo de los dedales. Mi favorito es, definitivamente, el CosmoCaixa (que viene a ser el Museo de la Ciencia pero a la bruto y patrocinado- como casi todo- por La Caixa). No sólo porque lo han montado con mucha gracia sino porque está lleno de botones y palancas que puedes toquetear todo lo que quieras y cuántas veces te apetezca. El objetivo es que aprendas algo sobre la Física, la Química o cualquiera de esas materias que esquivé como a la peste cuando estudiaba.  Y, la verdad, con el cebo de "toca este botón y verás lo que pasa" lo consiguen (está claro que saben mucho más acerca del ser humano que los tios que cuelgan cuadros). Incluso consiguieron convencerme de que los escarabajos son bichos fascinantes, algunos tan preciosos que probablemente hasta a mí me daría pena aplastarlos con la zapatilla si se me colara alguno en el cuarto. Para colmo, tienen el detalle de explicarte las cosas. Puede que no hagas ni caso (yo sólo me quedé con la información sobre los escarabajos) pero al menos han hecho el esfuerzo. Y eso es un alivio cuando estás acostumbrada a que te planten delante de un cuadro con la presión de que entiendas por tí mismo por qué el retrato de un montón de gente fea es la repanocha artística (porque, la verdad, para el que no tenga ni idea de arte, La Familia de Carlos IV, por ejemplo no es más que eso... por mucho que lo pintara Goya). Me parece bastante sorprendente que los científicos - que usan palabrotas rarísimas y piensan en números y matrices- se lo curren más para que les entiendas que los artistas, que se supone que hacen las obras para el público. No entiendo para qué tanto rollo con la democratización del arte si luego te lo ofrecen de un modo tan críptico.
Además, vistos los escarabajos, no sé yo si el arte puede competir con la zoología...
 
8月30日

La erótica del poder

Hace años me leí Yo, Claudio y me gustó mucho. Tiene un montón de cosas sobre las que a mí me gusta leer: romanos, familias disfuncionales (no se me ocurre una familia más desastrosa que los julio-claudios) y tarados. Justo el tipo de literatura que me engancha. También habla mucho sobre el poder. Sobre tenerlo, sobre desearlo y sobre lo que la gente está dispuesta a hacer para conseguirlo. Lo que no te explica - ni ese libro ni ninguno que yo conozca - es por qué cojones a la gente le seduce tanto el poder. Siempre me lo he preguntado. Puedo entender que alguien ambicione dinero o fama, pero no acabo de verle el encanto a eso de mandar más que nadie. Desde mi punto de vista, eso es como ser madre a nivel universal: una pura agonía, siempre preocupándote de que todos te obedezcan y de que nadie se desmande. Supongo que tienes que tener un gen especial que te hace estar convencido de que tú lo Haces Todo Bien y Siempre Tienes Razón (esa convicción sólo la tienen las madres y los dictadores... Y que conste que adoro a mi madre, pero ella Siempre Tiene Razón) y suprimir la Duda de si será verdad que tú lo haces todo mejor que nadie y sabes lo que conviene a cada persona (los dictadores no tienen esa Duda. Las madres sí). A mí ese gen me falta, está clarísimo. Mi gran ambición en esta vida es que me dejen a mi bola, lo cual me quita todos los puntos para ser dictadora (y no me deja muy bien como madre potencial, supongo) . De hecho soy partidaria de dejar a todo el mundo a la suya. Sólo me faltaba, con la pereza que me da tomar decisiones sobre mi propia existencia (así me va), tener que tomarlas sobre la ajena. Estoy convencida de que todo el mundo es capaz de hacer las cosas bien a su manera. Y si las hacen mal... bueno, si no matas a nadie, digo yo que tampoco será tan grave. Yo apoyo que cada cual acierte y la cague sin intervención de los demás, especialmente la mía.

En fin, que lo único que me pasa es que esta tarde me ha tocado ser jefa y he acabado rayá perdida.

4月23日

Unas cosas con tapas y letras dentro que se llaman libros

Soy un daño colateral del Día del Libro. Estoy r-e-v-e-n-t-a-d-a. Y aún así, me ha dado para hacer algunas reflexiones sobre el tema. Hacer un Día de Lo Que Sea es la puta bomba desde el punto de vista comercial.  Si  hicieran el Día del Monóculo, la gente se agolparía en las ópticas - o en los anticuarios- a comprarlos por la simple razón de que eso es lo que hay que hacer ese día. Gente que, durante 364 días al año vive convencida de que los libros sirven para decorar las estanterías o para calzar una mesa coja, se estresa y se gasta un pastón el día 23  por la simple razón de que es lo que toca. Hay que comprarles libros a tus familiares y amigos y, si no les gustan, te sientes obligado a comprarles otra cosa. O, si eres ortodoxo y decides que hay que regalar un libro por cojones, te vuelves majara buscando algo que pueda apetecerles leer. He establecido tipos de compradores y todo, y eso que mi cerebro ha estado en piloto automático casi todo el día. Va sí.
 
1. El que no lee y compra libros para alguien que tampoco lo hace. Este año compra La Iglesia del Mar o Bienvenido al mundo real. También abundan La sombra del viento, Los pilares de la Tierra o El código da Vinci (o cualquier otro libro de Dan Brown). Resultado: el lunes tendremos una avanlancha de gente que viene a devolver La iglesia del mar porque se la han regalado tres veces.
 
2. El que no lee y compra libros para alguien que sí lo hace. Fácil: trae el título y el autor anotados en un papel. Juegan sobre seguro
 
3. El que si lee y compra libros para alguien que no lo hace: acabas por no saber si quiere comprar el libro o inscribir al otro en una agencia matrimonial: "Quiero un libro para un hombre de treinta y cuatro años al que le gusta el montañismo, el chocolate y ver CSI"
 
4. El que sí lee y compra libros para alguien que sí lo hace: como tenga un poco de empatía se vuelve loco buscando algo que le vaya a gusta al otro. Si no la tiene le comprará lo que él quiere leer. Resultado: gente inocente que acaba recibiendo biografiías de Winston Churchill y, mientras trata de disimular su perplejidad (me encanta esta palabra) escucha al otro decirle, emocionado: "en cuanto te lo acabes, déjamelo". Por cierto, esa frase es una putada porque pulveriza cualquier posibilidad de cambiar la cosa esa sobre Churchill por el Kama Sutra ilustrado, que es lo que te apetecía leer en realidad (existen unas mil versiones del Kama Sutra lo cual me lleva a pensar que, después de que varias generaciones no se enteraran de un pijo, las editoriales comprendieron que los occidentales necesitamos que llamen al pan, pan y al clitoris, clitoris e incluyan un mapa para que entendamos algo. E, inmediatamente, se pusieron a la labor de adaptarlo)
 
Podría seguir machacando el tema pero... bueno, estoy cansada y, después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que meterse con los hábitos de lectura de los demás es de lo más snob.Al fin y al cabo, aunque el Ulisses de Joyce sea el no va a más de la Literatura Universal a mi me da dolor de cabeza sólo con abrirlo mientras que reeleré encantada de la vida cualquier libro de Terry Prattchett.  Como me dijo una clienta esta semana, mientras pagaba un libro de Manga para su hija " esto es una mierda, pero así al menos lee. Y eso es lo que importa, ¿no?"
Pues eso.
 
 
 
3月24日

La literatura de consumo

Para quién quiera dedicarse a escribir, ahi van unos cuántos consejos para  triunfar en el mundo de las letras sin ser famoso previamente ni sobornar a nadie para que te den el Planeta.

1. Antes que a un editor, lleva tu manuscrito a un productor de cine. Si quieres que alguien te lea, primero tienes que conseguir que  hagan una peli con tu libro. La gente sólo lee historias que ya tiene masticaditas, no vaya a ser que tengan que imaginarse ellos solos la pinta de los personajes, los paisajes y las situaciones. Ahí están Memorias de una Geisha (peñazo), Los cien golpes (malísimo), Los aires dificiles (hasta esta semana había cobrado sólo un par de ejemplares. Se estrena la peli, y ¡Booom!). Libros de Capote (los más valientes, compran A sangre fría. Algunos snobs, Música para camaleones. Los comodones, la biografía en que se basa la peli. Por ahora nadie ha asociado Desayuno en Tiffanys'  con Desayuno con diamantes).

2. Lo que priva es la literatura de género. El que más triunfa es  el género "¿qué secretos escondían las obras de  (elige un pintor/músico/escultor/arquitecto/escritor de hace unos cuantos siglos)?". Es decir, El código Da Vinci y sus imitaciones. Anímate y repasa la enciclopedia: ya han usado a Da Vinci, Dante, Goya, Vivaldi, Mozart y Bernini (que yo tenga contabilizados) pero aún puedes buscarle tres pies al gato a muchos otros genios. ¿Quién es el valiente que se atreve con El Bosco y El jardín de las delicias?

3. Si no te va ese, tenemos otro género emparentado con el anterior: historias de masones, rosacruces, conspiraciones eclesiásticas (sigo considerando anti-deportivo meterse con la Iglesia Católica, es demasiado fácil), templarios y similares. Ahora han sacado uno sobre la iglesia de Santa Maria del Mar: no sé qué tendrá que ver con la masonería, pero en una de las vidrieras está grabado el escudo del Barça. Mal gusto aparte, ofrece la posibilidad de entroncar con... hummm, ¿conspiraciones deportivas?

4.Otra familia literaria con éxito garantizado:  novelas de chicas. Hay tres tipos: las de Treintañeras Imperfectas en Busca de la Felicidad (Bridget Jones, otra que hizo mucho daño y sus primas hermanas). Las de Mujeres Liberadas Que Follan Mucho y Escriben Sobre Ello (títulos tan originales como Diario de una Ninfómana o La vida sexual de Catherine M...Sutilezas, las justas) y, finalmente, la Novela Rosa de toda la vida: chica-guapísima-desvalida-encuentra-a-apuesto-caballero-que-la-salva (de cualquier estúpida movida en que se haya metido). La única diferencia entre los tres tipos es el vocabulario que usan para hablar de los genitales. Ejemplo:  cómo se dice "pene" en:  Tipo uno: miembro o, las muy osadas, polla. Tipo dos: bueno, infinitas opciones todas aceptables como tacos. Tipo tres: virilidad, las menos cursis, así que imaginaros lo que puedes encontrarte en las realmente cursis.

5. Novelas de Ken Follet que parecen de Ken Follet y Los Pilares de la Tierra... que también es de Ken Follet pero nadie lo diria.

6. Harry Potter: esta es un tipo en sí misma. Son carísimos, se venden como churros y los lee TODO el mundo

7. Manuales de autoayuda: no hay aspecto de la vida que no necesite instruccionesl. Desde tener un orgasmo a atarte los zapatos, pasando por educar a tus hijos, criar a tu pez, ser la embarazada perfecta, triunfar en el curro y encontrarte a tí mismo, al amor, a Dios, a tu queso o a cualquier otra cosa que se te haya perdido en diez fáciles pasos. Incluso hay un manual para los manuales de autoayuda (lo juro, existe!)

¿Y quién soy yo para decir que esto triunfa? El último mono en el escalafón del negocio editorial: la chica que cobra los libros. Lo cual me convierte en la más apropiada para hablar sobre qué se vende.

Menudo panorama.