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    February 14

    Cosas del amor

    Para el que no se haya enterado, hoy es San Valentín, patrón de los enamorados. Nunca he entendido muy bien eso del santo patronazgo: los ciegos, los niños y los imposibles tienen patrón. Y los taxistas, los marineros y hasta los científicos. Pero no los tienen las putas, los presidentes de gobierno o las sufridas dependientas. También me pregunto por qué San Valentín... ¿qué meritos amatorios presentó en el currículum para que le asignaran esa parcela de la vida? Muy picha alegre no sería, que eso la Iglesia no lo aprueba. De hecho, la Iglesia contempla la pareja como una fábrica de niños, así que igual era padre de familia numerosa. Cierto que podría consultar el santoral y averiguarlo pero, francamente, tampoco me pica tanto la curiosidad como para tomarme la molestia.
    De lo que sí estoy convencida es de que San Valentín también debería ser el Santo Patrón de los Comerciantes de Chorradas, porque hay que ver cómo les salva el mes de febrero. Para el que no lo sepa, Febrero es un mes asqueroso para el comercio: la resaca de los regalos de Reyes y las rebajas llega en forma de extracto de la visa en febrero. Además, para este mes, los artículos que aún quedan bajo el rótulo "rebajas" son la purria de la purria y, encima la gente está como deprimida porque febrero no acaba de ser invierno pero no es ni  de lejos primavera. A nadie le apetece gastarse dinero en febrero y, a quien le apetece, no lo tiene. En febrero sólo triunfan las farmacias, porque la gripe y los constipados hacen un último sprint antes de que las alergias les quiten el puesto como enfermedad estrella.
    Así que hacia falta colar una fiesta en febrero para que estos veintiocho días de puro aburrimiento no jodieran las cifras de venta. Marzo tiene el Día del Padre, Abril Sant Jordi y Mayo el día de la Madre. Había que hacer algo con Febrero y montaron San Valentín, la fiesta del "si quieres a alguien, gástate dinero en él". Como la Navidad y todas las demás celebraciones que implican regalar algo a alguien, sólo que peor, porque esta encima es una fiesta "temática": encima de gastar a lo bobo, tienes que ser hortera. Todo coranzocitos y canciones empalagosas y mensajes pegajosos. Como si el amor no fuera ya lo bastante estresante, frustrante, complicado, confuso e histérico. Para colmo,  nos agobian más aún convenciéndonos de que querer a alguien significa, entre otras cosas, comprar un colgante de un corazón partido para que cada miembro de la pareja lleve una mitad. Lo peor es que la gente termina perdiendo el norte, por qué ya no sabe comprar y terminan regalándole a su pareja el dvd de "Alatriste", o un libro del Bucay o, peor aún, batidoras y ceniceros de cristal porque hay que regalar algo. Regalas a desgana y decepcionas. Como si el amor no diese ya bastantes problemas.
    En mi opinión, el que quiera celebrar San Valentín, debería hacerlo echando un buen polvo. Cierto que eso no lo puedes envolver y ponerle un lazo y que, a diferencia de los diamantes, no es para siempre. Pero a mí me parece más apropiado que regalar unos pendientes de Tous. Al fin y al cabo, si vamos a demostrar el amor con joyas en lugar de con polvos, la Humanidad no tardará en extingirse.
     
    Cita amorosa del día (que no triunfará en las postales de San Valentín, seguramente)
     "si nadie hubiese aprendido a desnudarse, muy poca gente estaría enamorada". Dorothy Parker.
    Sonará cínico pero ella sabía de lo que hablaba. Y, la verdad, el Corte Inglés es mucho, pero mucho, más cínico que ella.
     
     
    February 09

    Vestirse para la ocasión

    Sé que estoy pesadita con el tema pero es que el cambio climático y la extraña manera del ser humano de adaptarse a ella está empezando a convertirse en unproblema para mí a la hora de vestirme.
    Cada día me pasa lo siguiente.
    El despertador suena a las seis menos cuarto, asquerosamente temprano. Lo primero que pienso es "¿ya es la hora?" y vuelvo a meterme en la cama. Como me conozco y sabía que haría eso, la noche anterior, muy previsoramente, puse la alarma del móvil para que sonara de nuevo a las 7. Y luego otra vez a las 7 y cuarto. Para entonces, ya me he rendido: me levanto enfurruñada y me lavo la cara para ver si así me despierto. Después vuelvo a la habitación, me siento en la cama, miro al vacio un rato y, por fin me enfrento a la Gran Pregunta: "¿qué me pongo?"
    Que nadie se engañe: no se trata de la clásica duda femenina. A las siete y media de la mañana me importa un bledo lo bien o mal que me quede la ropa. Lleve lo que lleve puesto, no me va a tapar las ojeras. Se trata de una cuestión práctica. Salgo muy temprano de casa y vuelvo muy tarde. Así que tengo que repasar - a las siete y media de la mañana, medio dormida y malhumorada- mi agenda del día para saber a qué cambios de temperatura voy a tener que enfrentarme a lo largo de la jornada y vestirme en consecuencia.
    Así que un día normal tengo que: ponerme una camiseta de manga corta para soportar el calor infernal que hace en la tienda. Una camiseta de manga larga, por si voy a comer a casa de mis padres o a tomar algo a algún lugar dónde hayan decidido poner la calefacción en modo "clima tropical". Un jersey un poco grueso, para los ratos que paso por la calle. Si voy a ir a clase por la tarde, me tengo que llevar una chaqueta porque en la academia no hace suficiente frío para llevar el jersey pero tampoco hace suficiente calor como para quedarse sólo con la camiseta.
    Y luego viene el abrigo y la bufanda, que suele acabar atada al bolso y arrastrada por los suelos.
    Es decir, salgo de casa con un montón de prendas superpuestas encima (el famoso look cebolla) y me paso el día quitándome y poniéndome ropa (yo, que me compro las cosas cosas a ojo sólo porque me da pereza probármelas), lo cual implica despeinarme y perder tiempo y correr el riesgo de olvidarme cosas por todas partes. Y lo peor es que, cuando acabe el invierno, llegará el verano y seguiré necesitando ropa para los diversos microclimas con los que tropiece a lo largo del día, porque empezarán a poner los aires acondicionados a tope y necesitaré un suéter fino de manga larga para estar en el trabajo, una camiseta de tirantes para ir por la calle y el anorak para viajar en metro.
    Una cosa es el confort y otra el absurdo. Es absurdo marearte de calor en pleno febrero porque en tu curro se les ha roto el regulador de la calefacción. Es absurdo pillar una pulmonía en el autobús-nevera en agosto. Una cosa es que no tengamos que sufrir las inclemencias del clima y otra que creemos un nuevo clima dentro de casa con sus propias inclemencias. Una cosa es la comodidad y otra el exceso. El exceso no sólo nos acerca cada día un poquito más al fin del mundo; también terminará obligándome a llevar una maleta para la ropa de cada día. Francamente, tener que ver como peta el planeta y, encima, estar incómoda, me parece una putada.